Las elecciones de 2006 se realizarán en un marco institucional que promueve la fragmentación y en medio de un clima de cuestionamiento y rechazo a los partidos y a la política en general. El debilitamiento de los partidos, la atomización de los sectores sociales y el avance de las posiciones antisistema hacen prever resultados poco auspiciosos para la democracia. La posibilidad de elegir a un presidente débil que no pueda recibir la colaboración de un Congreso fragmentado –y que más bien deba enfrentarse permanente a éste– posibilita situaciones de inestabilidad similares a las vividas en los últimos diez años.