Ideas para personalizar un restaurante.

Si tiempo atrás, los bares, cafeterías y restaurantes tendían a parecerse entre sí, hoy prima la diferenciación. Se aprecia en la oferta gastronómica. Vemos restaurantes especializados en comida asiática, comida italiana, fusión. Esa diferencia también se aprecia en la decoración. Ningún restaurante quiere ser igual que la competencia.

La clave para que un restaurante se diferencie de los demás está en que en conjunto debe contar una historia. La oferta gastronómica, el servicio y la decoración deben estar en sintonía. Es como si el cliente se sumergiera en un mundo diferente al suyo, al que ha sido invitado a visitar.

Eva y Jaume montaron un restaurante en Valencia en el que reivindicaban la cocina de proximidad. Los productos de kilómetro 0. Se dedicaban a recuperar platos de la gastronomía valenciana, española y mediterránea y presentarlos desde una perspectiva actual. A Eva, desde un principio, la decoración de restaurante le parecía algo fundamental. Adornó las paredes del establecimiento con piezas de cerámica tradicional valenciana. Adquirió mesas de mesón, con sus sillas de madera, pintadas en varios colores, haciendo alusión a la creatividad artística valenciana.

Se le ocurrió distribuir plantas por el interior del comedor para darle un ambiente fresco. Es un restaurante familiar. Los dueños y sus pocos empleados están pringados todo el día en preparar y atender los servicios. Cuidar unas plantas requiere estar pendientes de ellas y dedicarles tiempo. Algo de lo que ellos carecían. Algunas de sus plantas empezaron a ponerse mustias. En lugar de dar una imagen refrescante, dinámica, daba la impresión de ser un lugar abandonado. Algo que no se correspondía con la realidad.

Tras darle muchas vueltas, y con todo el dolor de su corazón, Eva decidió cambiar las plantas naturales por otras artificiales. Se informó a conciencia, investigó los distintos tipos y calidades. Navegando por internet encontró Mundoflor, un distribuidor de artículos de decoración al por mayor ubicado en Sevilla y Badajoz. Allí adquirió todo aquello que necesitaba para que su restaurante luciera como siempre lo había querido.

El restaurante de Eva y Jaume es diferente al de ningún otro restaurante que hay en Valencia. Después de todo, eso es lo que se buscaban. Estas son algunas ideas para personalizar un restaurante.

Plantas artificiales.

El otro sábado me fui a comer con mi pareja a un asador brasileño que había abierto en un barrio de Barcelona. Era un bufete libre de carnes y en él probamos platos y preparaciones que no habíamos comido en la vida. No se puede decir que fuera un restaurante Estrella Michelín, pero comimos a gusto.

Al finalizar la comida, el camarero nos invitó a visitar una coctelería que tenían en el sótano. Era un lugar acogedor. Con poca iluminación y una suave música de fondo. Habían intentado reproducir un paisaje de la selva amazónica. La sala estaba repleta de plantas artificiales. Imitaciones de palmeras, helechos, ficus. Y algunas pequeñas fuentes mecánicas que simulaban saltos de agua.

Entre toda esa frondosa vegetación artificial había apartados en los que se había colocado mesas de estilo colonial. Como las que aparecen en los jardines de las películas ambientadas en la época victoriana. Alrededor de las mesas había butacas de mimbre y columpios con cojines que colgaban del techo.

Los clientes que había por allí, que en su mayoría habían comido en el restaurante de arriba, no paraban de hacerse fotos con el móvil. La coctelería era un lugar especial para pasar una agradable sobremesa tomando un mojito, una margarita o una caipiriña en buena compañía.

Con las plantas artificiales se había conseguido crear un ambiente único. Un espacio íntimo que animaba a que los clientes pasaran más tiempo en el establecimiento y aumentara el gasto por persona. Todo ello, de forma relajada y sin forzar la situación.

El estilo industrial.

También en Barcelona hay una serie de cafés que parecen almacenes. Tal vez de café o de grano. Encuentras uno en la Ronda de San Antonio y otro en el Paseo Sant Joan. Toda la decoración está hecha en madera, como si se hubieran reutilizado palés. Allí hay gente que pasa toda la mañana tomado un café, con su ordenador portátil abierto, trabajando o estudiando.

Es lo que se llama el estilo industrial. Reutilizar el mobiliario y las instalaciones de una fábrica para darle un uso diferente.

La revista Decofilia afirma que el estilo industrial surge en Nueva York en los años 50. Se asocia con los estudios y apartamentos que utilizaban los artistas aprovechando un viejo taller o fábrica en la ciudad. Son esos lofts, a los que se accede a través de un montacargas y que tanto nos llaman la atención en los telefilms.

Nueva York a principios del siglo XX era una ciudad financiera e industrial. Después de la segunda guerra mundial, prácticamente toda la industria se desplaza a la ciudad cercana de New Jersey. Nueva York pasa a convertirse en la capital financiera del mundo. A pesar de eso, su población no deja de crecer.

Aparecen dos alternativas para alojar a los nuevos habitantes, o seguir construyendo rascacielos o reutilizar la antigua infraestructura industrial. Edificios enteros de naves industriales, apiladas de manera vertical, se reconvierten en viviendas. Se suele asociar su uso a artistas bohemios, pero en realidad, era una alternativa para trabajadores con pocos recursos. Personas que querían vivir cerca de su centro de trabajo, pero no tenían dinero para alquilarse un apartamento. Por eso se trasladaban a una nave que luego iban remodelando a su gusto.

El cine se ha dedicado a popularizar los lofts de Nueva York, y darles un aire glamuroso, pero en sus orígenes no era una opción de agradable. Era como irse a vivir a un polígono industrial. Los saneamientos no eran los que encuentras en una zona residencial y era habitual encontrar plagas de roedores.

Hoy, algunas de estas zonas se han convertido en barrios exclusivos, como Tribeca, el triángulo bajo de Canal Street, en Suroeste de la isla de Manhattan. Lo que antes era una zona de almacenes de carga y descarga del puerto de Nueva York. O el SoHo, el Sur de Houston Street, cerca de donde Andy Warhol inauguró su estudio “The Factory” en 1963, un distrito en el que se concentraban prostitutas y narcotraficantes, como relataba Lou Reed en sus canciones.

Nueva York supo reinventarse, y utilizar sus recursos para dar respuesta al problema de alojamiento que tenía. En este proceso creo tendencia en el campo de la decoración. Hoy, el estilo industrial no se utiliza solo en el interiorismo de viviendas. Muchos negocios y establecimientos adoptan esta estética. Proyectando una imagen moderna y alternativa.

El nuevo vintage.

Si de originalidad y de contar un relato con la decoración hablamos, nada cuenta mejor una historia que un mueble antiguo. Un mueble reutilizado ya lleva una historia detrás de sí.

La revista de decoración A.D. señala que el nuevo vintage es la tendencia de decoración más ecléctica de esta temporada. Está presente en algunas de las casas más originales y en el interior de algunos de los negocios más atractivos. Con este recurso se aporta carisma, clase y personalidad a los ambientes.

El nuevo vintage se centra en comprar muebles y ornamentos en mercadillos, restaurarlos e integrarlos en su nueva ubicación. No se trata de acumular objetos sin ton ni son. Debe encajar en un diseño previo. El diseñador o el propietario del local deben ser como un director de orquesta que va adjudicando un papel a cada uno de los objetos, conformado, entre todos, una melodía visual.

El vintage basa su atractivo en dos características. Por un lado, la exclusividad. Un mueble antiguo restaurado es todo lo contrario a esos muebles producidos en serie, que son todos iguales. Si hemos dicho que los restaurantes no quieren un clon de la competencia, este es un recurso poderoso para diferenciarlos.

Por otro lado, está la conexión emocional. Los muebles antiguos nos conectan con nuestros padres, nuestros abuelos, con otras épocas vividas, o de las que tenemos referencia. No se trata de volver al pasado, sino de hacer mención de él, y reinterpretarlo desde el presente. Ese espíritu evocador que representa para nosotros, conecta de alguna manera con una parte de la clientela, despertándole emociones parecidas a las que experimentamos nosotros. Siendo, por tanto, un recurso interesante para decorar un restaurante o cualquier otro establecimiento que trabaje cara al público.

En los últimos tiempos se ha puesto de moda el remake de los años 60 y 70. Justamente la época en la que eran jóvenes nuestros padres y nuestros abuelos. La época Pop, o ye-ye, como se llamaba en España, y el auge de la época disco. Décadas que las asociamos con la frescura, la diversión y la originalidad. Pero eso sí, huyendo de los colores estridentes y de los tapizados chillones que triunfaban en aquellos años, y utilizando materiales nuevos. Ya no hace falta tapizar un sofá con aquel escay rojo en el que te quedabas pegado.

Lo bueno es que estas ideas, y más que se nos pueden ocurrir, se pueden combinar para decorar nuestro restaurante, siempre manteniendo una coherencia entre ellas y contando una historia, con final abierto.

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